Iris, mi hija de tres años y medio, se puso a llorar porque el plátano se había partido en dos cuando lo abrí.
Yo estaba de pie, con el abrigo puesto, el bolso al hombro y ya con retraso.
Y contesté:
«Hay cosas peores.»
Las palabras salieron solas. No era algo que hubiera elegido para ella. Era una frase que había oído de niña.
Lo más extraño es que ni siquiera pensaba lo que acababa de decir. A los tres años y medio, un plátano roto puede ser perfectamente el gran drama del desayuno. Sin embargo, cuando me quedaba poca paciencia, recurrí a una vieja fórmula sin siquiera buscarla.
¿Por qué a veces repetimos automáticamente frases de nuestros padres?
Podemos pensar mucho en cómo queremos criar a nuestros hijos, decidir que no queremos repetir ciertas cosas y aun así sorprendernos diciendo justo esa clase de frase que queríamos dejar atrás.
Puede resultar bastante incómodo. Enseguida nos preguntamos: ¿al final estoy haciendo lo mismo?
Pero una frase automática no cuenta toda nuestra manera de ser padres. En aquel momento me quedaba poca paciencia y había vuelto a algo que conocía.
El problema no era que hubiera «fracasado» al criar a Iris. Simplemente, esa frase no coincidía con lo que quería transmitirle.
No necesitaba juzgar toda mi infancia para darme cuenta.
También podemos reparar una frase después de decirla
Me habría gustado encontrar la respuesta adecuada a la primera. Pero aún podía hacer algo mucho más sencillo: volver sobre lo que había dicho.
Me agaché junto a Iris.
«Espera. Lo que acabo de decir no ha sido muy justo. Estás triste porque se ha roto el plátano.»
Ella sorbió por la nariz y me enseñó los dos trozos como prueba irrefutable del desastre.
Reparar el momento no tiene por qué convertirse en una gran conversación. A veces basta con repetir la frase usando las palabras que nos habría gustado decir.
«Lo intento otra vez. Veo que esto te ha decepcionado mucho.»
«Lo que acabo de decir no te ayudaba. Cuéntame qué te molesta.»
Eso no garantiza que el niño deje de llorar, y ese no es el objetivo. Se trata, sobre todo, de no dejar que una frase automática sea lo último que se diga sobre el asunto.
Al final, Iris se comió los dos trozos de plátano. Sabían exactamente igual.
Yo había descubierto otra cosa: oír una frase antigua salir de mi boca no me obligaba a seguir usándola.



