El otro día, mi hijo de tres años tuvo una gran rabieta en una tienda porque yo no quería comprarle todos los camiones que había visto.
Hice lo que suelo hacer en esos momentos. Puse nombre a su emoción: «Lo sé, estás frustrado». Después intenté acompañarlo en esa frustración. Imaginamos cómo sería tener en casa todos los camiones de la tienda.
Cuando eso no funcionó, propuse otra cosa. Podríamos jugar con sus camiones al llegar a casa. Dibujarlos. Fabricarlos con plastilina.
Con cada nueva idea, lloraba todavía más.
Cuando seguir hablando del enfado ya no ayuda
Entonces intervino su abuela. No para hablarle de los camiones ni para explicarle por qué no podía tenerlos. Simplemente abrió un cuaderno de actividades y empezó tranquilamente un juego ella sola, sin pedirle que participara.
Unos segundos después, dejó de llorar. Se acercó y empezó a hacer la actividad con ella.
Me hizo pensar.
Cuando nuestro hijo está alterado, tenemos tantas ganas de ayudar que podemos acabar dando vueltas durante mucho tiempo alrededor de lo que va mal. Validamos, explicamos, proponemos soluciones, imaginamos alternativas… pero todas esas frases siguen teniendo algo en común: hablan del problema.
Y quizá, a veces, el niño ya no necesita una forma mejor de hablar del camión. Simplemente necesita salir del camión.
Lo que hizo su abuela se parecía a una distracción, pero no intentó hacer desaparecer su emoción. No le exigió nada. Solo abrió una puerta hacia otra cosa.
Y él la cruzó cuando estuvo preparado.
Eso no significa que haya que desviar siempre a los niños de sus emociones. Algunas rabietas necesitan ser atravesadas. Pero aquella escena me recordó que acompañar una emoción no significa necesariamente seguir hablando de ella.
A veces, después de reconocerla, lo mejor que podemos ofrecer es simplemente otra dirección.



