La rabieta empezó en una tienda por un camión quitanieves.

Gabriel quería que lo compráramos. Dije que no y, en pocos segundos, la decepción se volvió enorme. Lo llevé hasta el coche para poder atravesar ese momento un poco apartados, sin sentir que toda la tienda nos observaba.

Una vez dentro, probé varias de las herramientas que a veces nos ayudan. Puse palabras a lo que sentía:

«Estás muy frustrado porque no hemos podido comprar el camión.»

Le propuse añadirlo a su lista de cosas que le gustaría tener.

También intenté ayudarle a sacar la rabia con el cuerpo, rompiendo pequeñas ramas para mostrarme lo grande que era. Pero esta vez no le interesaba.

Después probé con la imaginación:

«A mí también me gustaría poder comprar todos los camiones del mundo y tener una casa llena de camiones.»

Nada de eso ayudó realmente.

Durante casi 45 minutos, Gabriel siguió llorando, protestando y volviendo una y otra vez a aquel camión quitanieves.

Y creo que también es importante contar esos momentos. Hablamos mucho de las herramientas que funcionan y bastante menos de las veces en las que hacemos todo lo que sabemos y nuestro hijo sigue completamente desbordado.

Lo que terminó abriendo una pequeña puerta no fue una nueva frase perfectamente formulada. Probablemente fue una mezcla de tiempo, sentirse escuchado y un poco de juego.

Una botella de agua que estaba en el coche empezó de repente a hablarle a Gabriel con una voz completamente ridícula.

Y, en medio de las lágrimas, apareció una sonrisa diminuta.

Cuando nada funciona frente a una gran rabieta

Es fácil acabar buscando la técnica adecuada, esa que nos permitirá acoger la emoción y recuperar rápidamente la calma.

Pero las emociones de los niños no funcionan como una fórmula. Nombrar, escribir, moverse, jugar o usar la imaginación puede ayudar. Y, a veces, nada de eso cambia inmediatamente lo que está pasando.

Quizá Gabriel simplemente necesitaba esos 45 minutos para estar enfadado sabiendo que yo seguía allí.

Nuestro trabajo no siempre consiste en hacer desaparecer la emoción. A veces consiste simplemente en acompañar a nuestro hijo hasta que pase.