Después de un viaje muy largo en tren, Gabriel había llegado al límite.

Demasiado cansancio. Demasiado ruido. Demasiada gente.

Al llegar al pie de una escalera mecánica, se paró en seco.

«No.»

Ni esa escalera. Ni otra. Ni el ascensor.

Yo veía perfectamente que aquello ya no iba de escaleras mecánicas. Estaba agotado y pedirle una cosa más podía convertir una pequeña negativa en una gran batalla. Así que, en vez de insistir, probé otra cosa.

Le pregunté:

«¿Quién crees que pedalea debajo de la escalera para que avance? ¿Un guepardo? ¿Un leopardo? ¿Un león?»

Pensó unos segundos.

«No… el elefante.»

Y de repente la escalera dejó de ser el problema. Me cogió de la mano y avanzó hacia la escalera elefante, sonriendo.

Durante el resto de nuestro paso por la estación buscamos qué animales podían estar haciendo funcionar las demás escaleras.

Cuando un niño no quiere avanzar, el juego puede ayudar

En esos momentos, mi primer reflejo podría ser repetir: «Venga, Gabriel, tenemos que irnos». Pero cuando la negativa viene sobre todo del cansancio, insistir más no le da la energía que le falta.

Esta vez no intenté convencerlo. Simplemente entré unos segundos en su mundo, y ese pequeño desvío por la imaginación nos permitió avanzar.

A veces nuestros hijos no necesitan que los empujemos a atravesar un momento difícil. Solo necesitan que nos acerquemos al lugar donde están. 🤍