Oscar, de cuatro años y medio, acababa de pasar entre los dos primeros conos. Al llegar al tercero, el balón se había ido hacia un lado. Él lo había seguido y había continuado hasta el fondo del campo, encantado de tener tanto espacio.
Julien, su papá, señaló el recorrido para indicarle dónde volver. Oscar lo saludó con la mano.
Al buscar un deporte para su hijo de cuatro años, Julien había pensado en los amigos, la coordinación y el placer de descubrir algo nuevo. No había previsto pasarse la sesión deseando que Oscar se quedara entre unos conos naranjas.
Le gustaba el balón. El programa, menos.
Julien no esperaba criar a un campeón. Solo quería ofrecerle una oportunidad a su hijo, de esas que quizá uno lamenta no haber propuesto antes.
Sin embargo, la inscripción había añadido un pequeño objetivo a cada sábado: participar en el ejercicio, escuchar las instrucciones, terminar el recorrido. Sin darse cuenta, miraba más lo que Oscar no hacía que todo lo que lo divertía.
Oscar corría, cambiaba de dirección e intentaba alcanzar el balón antes de que tocara la valla. Se movía mucho. Seguía poco el programa.
Cuando el monitor propuso unos minutos de juego libre, Oscar salió corriendo al campo. Julien dejó de hacerle señas. Su hijo ya no necesitaba que le recordaran que participara.
Un deporte a los cuatro años, ¿para hacer qué?
Aquella sesión no significaba que a Oscar no le gustara el deporte ni que fuera demasiado pronto para cualquier actividad dirigida. Mostraba, sobre todo, una diferencia entre lo que le pedían y lo que él había venido a buscar.
Un taller puede dejar mucho espacio para probar, descansar y jugar. Otro puede dedicar más tiempo a esperar el turno o repetir un movimiento. El nombre del deporte no siempre explica cómo será la sesión.
Antes de renovar la inscripción, Julien podía pedir una prueba en un grupo más centrado en el juego. También podía observar a Oscar después: ¿quería volver o solo quería recuperar el balón?
De momento, tenían césped y un balón. Como para jugar fuera sin un gran programa, eso podía bastar para empezar.
Julien le propuso:
Oscar preguntó si su papá también correría. Julien dijo que sí y luego lamentó no haberse puesto las zapatillas.
Esta vez, quizá sería él quien no aguantara todo el programa.




