En la puerta de la clase vi a Oscar, mi hijo de cuatro años y medio, sentado en una pequeña alfombra con unos bloques. Tres niños preparaban una comida en la cocinita y otro hacía rodar un camión. Él colocaba despacio un bloque sobre una torre.

Al verlo jugar solo en la escuela, enseguida empecé a buscar qué iba mal. ¿Había intentado acercarse a los demás? ¿Lo habían rechazado? Había llegado para recoger a mi hijo, pero ya estaba preparando una conversación seria sobre su vida social.

Oscar, mientras tanto, buscaba un bloque azul.

Jugar solo en la escuela no cuenta todo lo que ha pasado ese día

La maestra me explicó que había jugado a la cocinita con los demás y después había elegido los bloques. Cuando me acerqué, Oscar me pidió que esperara: quería terminar su torre antes de irse.

Aquella vez parecía haber encontrado exactamente lo que buscaba. Yo me habría quedado más tranquilo al verlo rodeado de otros niños. En mi cabeza, un buen día de escuela tenía que acabar con un amigo a cada lado y todos jugando a lo mismo.

Sin embargo, disfrutar de la compañía de los demás no impide tener ganas de construir sin discutir dónde va cada bloque. Y estar sentado junto a un grupo tampoco garantiza sentirse a gusto en él.

La pregunta no era solo si jugaba solo, sino si podía acercarse a los demás cuando le apetecía.

Mirar qué pasa a su alrededor

Una escena al llegar a recogerlo no bastaba para responder. Su cara de concentración, tampoco. Para entenderlo, necesitaba escuchar lo que Oscar pudiera contarme y saber qué veía el equipo a lo largo del día.

¿Había elegido salir de un juego? ¿Intentaba incorporarse sin conseguirlo? ¿Jugaba a veces con otros niños o se quedaba habitualmente al margen cuando quería participar?

Podemos preguntar por todo esto sin convertir cada salida de la escuela en una investigación. Una pregunta concreta a un adulto que conoce al niño suele aportar más que un «¿tiene amigos?» entre abrigos y prisas.

«Cuando quiere jugar con los demás, ¿cómo le va?»

«Lo he visto solo varias veces. ¿Elige esos momentos o necesita ayuda para incorporarse a un juego?»

Si el niño cuenta que lo rechazan repetidamente o el equipo lo ve intentarlo sin conseguir participar, merece la pena buscar juntos cómo ayudarlo a incorporarse al juego. En cambio, un rato tranquilo que ha elegido no necesita llenarse a toda costa.

Aquella tarde dejé que Oscar añadiera su bloque azul. Después me enseñó la torre antes de ponerse el abrigo.

Había estado a punto de mandarlo con los demás. Lo que más necesitaba era un minuto para terminar.