A las 8:12, Gabriel, mi hijo de casi cuatro años, buscaba su otro calcetín. Yo ya había elegido su ropa, cambiado la merienda prevista, revisado un mensaje y decidido si había que volver a lavar la botella.
También había respondido a preguntas que nadie recordaría: ¿qué bolsa, qué chaqueta, qué pan, ahora o dentro de cinco minutos?
Quince decisiones, quizá. No las había contado. Sobre todo tenía la impresión de haber empezado el día con todos los cajones abiertos dentro de la cabeza.
El cansancio también viene de las decisiones que no se ven
Ninguna de aquellas decisiones era impresionante. Precisamente por eso resultaban difíciles de nombrar. Se ve una mochila preparada. Se ven menos las comprobaciones, las dudas y los cambios que la precedieron.
Podría haber preparado una tabla para repartir mejor todo aquello. Algunos días, una tabla resulta útil. Pero aquella mañana, la idea de diseñarla ya añadía varias elecciones: ¿qué columnas, qué soporte y cuándo rellenarla?
No quería volverme más eficaz para atender todas las peticiones. Quería que algunas dejaran de volver cada mañana.
No todo podía desaparecer. Gabriel necesitaba ayuda a veces y los imprevistos no leían nuestros preparativos de la noche anterior. En cambio, algunas decisiones se habían vuelto diarias sin una necesidad concreta.
Quitar una elección en lugar de aprender a tomar más
Dejamos dos meriendas habituales entre las que elegir, en lugar de volver a abrir cada día todas las posibilidades de la despensa. Las cosas que se quedaban en la escuela infantil dejaron de volver a casa sin motivo.
Con la mochila, el otro adulto asumió toda la responsabilidad algunos días: comprobar, preparar y pensar en lo que faltaba. No solo cerrar la cremallera después de preguntarme qué había que meter.
No eran grandes transformaciones. Quitaban algunas preguntas de mi circuito en lugar de pedirme que respondiera más deprisa.
También podía aplazar lo que no necesitaba decidirse antes de salir. El mensaje sobre una actividad del mes siguiente no se volvía urgente porque yo lo hubiera leído delante de las tostadas.
Gabriel terminó encontrando su calcetín. Al día siguiente seguramente tendría otra pregunta y yo no me habría convertido en una persona infinitamente disponible.
Pero podía aspirar a una mañana con menos cajones abiertos. Antes de añadir una nueva herramienta de organización, había empezado por elegir lo que ya no quería decidir todos los días.
Para tenerlo a mano
La situación
¿La mañana acaba de empezar y ya sientes que has decidido demasiado?
Qué probar
Quitaban algunas preguntas de mi circuito en lugar de pedirme que respondiera más deprisa.
- «Necesito unos minutos. Ahora vuelvo.»
Conviene recordar: El autocuidado no debería convertirse en otra tarea que haya que hacer perfectamente.




