A veces una emoción intensa no se calma porque encontremos la explicación adecuada. Se calma cuando el niño siente que toda su historia ha sido escuchada.

Una crisis en la caja

Estábamos en el supermercado comprando manzanas. A la hora de pagar, solo estaba abierta la segunda caja.

Gabriel señaló la primera. Quería pasar por esa, pero estaba cerrada.

La crisis empezó mientras pagábamos y continuó hasta la calle.

Empecé con las herramientas que suelo utilizar. Reconocí lo que sentía:

«Estás frustrado y muy enfadado. Lo entiendo. Querías de verdad pasar por la primera caja.»

Probé otras cosas que a veces funcionan. Nada parecía ayudarle a bajar la intensidad.

Entonces se me ocurrió una idea.

Saqué el teléfono, abrí una nota en blanco y pregunté:

«¿Quieres que lo escriba todo?»

Respondió con un pequeño «sí».

Así que empecé a escribir mientras leía las frases en voz alta:

«Hoy hemos pasado por la segunda caja. Gabriel quería ir por la primera, pero estaba cerrada. A Gabriel no le ha gustado. La próxima vez le gustaría pasar por la primera caja.»

Incluso añadimos una frase exagerada para expresar lo muchísimo que le molestaba aquella segunda caja.

Para entonces había dejado de llorar por completo. Escuchaba con mucha atención.

Cuando terminamos, releímos la nota juntos. Le pregunté si lo había escrito todo bien. Dijo que sí.

Y, sencillamente, pudimos seguir nuestro camino tranquilos.

Cuando una emoción necesita un lugar donde quedarse

Escribir no cambió la situación. La primera caja seguía cerrada. No encontramos una solución mágica ni intentamos convencerlo de que su enfado no tenía sentido.

Pero la escritura dio forma a lo que estaba viviendo.

Su frustración, que parecía enorme e imposible de contener, se convirtió en una historia. Una historia con un principio, un problema, un deseo para la próxima vez e incluso un toque de humor.

Sobre todo, Gabriel sintió que ese momento importaba. Su experiencia había sido vista, escuchada y guardada en algún sitio. Una vez que su historia quedó «guardada» en la nota, pudo pasar a otra cosa.

Cómo probarlo

Esta idea no funcionará necesariamente siempre. Pero cuando cuesta encontrar las palabras, podemos proponer escribir sin imponerlo:

«¿Quieres que apunte lo que ha pasado?»

No hace falta escribir mucho. Bastan unas frases sencillas: qué ocurrió, qué quería el niño, cómo se sintió y qué le gustaría que pasara la próxima vez.

También podemos incluir sus propias palabras, incluso las más divertidas o exageradas. El objetivo no es redactar un informe perfecto. Es mostrar que su experiencia merece un lugar.

A veces los niños no necesitan que arreglemos el problema. Necesitan saber que hemos entendido bien lo que les ha ocurrido.

Cuando las emociones son grandes, la creatividad puede abrir una puerta que la lógica no consigue abrir.