Iris, mi hija de tres años y medio, había ensayado su canción toda la semana. El día de la fiesta de la escuela infantil, había cargado mi teléfono con la seriedad de un equipo de rodaje.

Antes de empezar, una persona del equipo recordó la consigna: ni fotos ni vídeos durante la pequeña actuación.

Sabía por qué había venido. Sin embargo, lo primero que pensé fue en lo que no podría llevarme a casa.

No grabar no elimina las ganas de guardar un recuerdo

Me habría gustado enseñar la canción a la familia, volver a ver el momento en que Iris buscara los gestos y conservar su vocecita. Aquel deseo no tenía nada de misterioso.

Pero en mi encuadre también aparecerían los demás niños. Algunos no debían ser fotografiados. No conocía su situación y no necesitaba conocerla para respetar la consigna.

Se trataba de aquella fiesta y de aquella escuela, no de una norma que pudiera anunciar para todos los centros. Allí, el equipo había pedido que los teléfonos permanecieran guardados.

Pensé que podía grabar solo a Iris, muy de cerca. Luego miré al grupo: los niños se movían, se acercaban y cambiaban de sitio. Mi intención de mostrarla solo a ella no bastaba para garantizar el resultado.

Otro recuerdo, no una pequeña excepción

Guardé mi teléfono. No porque hubiera descubierto de pronto que los recuerdos grabados eran menos bonitos. Me habría encantado tener el vídeo. Simplemente, mi decepción no me concedía una excepción.

Después de la fiesta podía preguntar si era posible hacer una foto de mi hija sola, en un lugar autorizado. Si la respuesta era no, podía dejarlo ahí. También podía anotar una frase, guardar el programa o pedirle después que me enseñara su gesto favorito.

Ninguna de esas opciones sustituía exactamente la actuación. Permitían conservar algo sin llevarme las imágenes de los demás.

Durante la canción, Iris olvidó un movimiento y miró a su compañera. Después se incorporó con un poco de retraso. Yo tenía las manos libres cuando buscó mi mirada.

Al volver a casa, preguntó si había visto «cuando todos habían hecho así». Levantó mucho los brazos y casi enseguida tiró un cojín.

Le dije que sí. Cuando volvió a jugar, escribí unas líneas en las notas del móvil para recordar su pequeña representación y el cojín que había tirado.

No tenía ningún vídeo que enviar a la familia, pero sí una pequeña historia que contar.

Para tenerlo a mano

La situación

¿La escuela infantil pide no grabar la actuación y querías guardar un recuerdo?

Qué probar

Escuchar lo que cuenta el niño y buscar una referencia sencilla para la próxima entrada o salida.

  • «¿Qué fue lo más fácil y qué fue lo más difícil?»

Conviene recordar: Una despedida difícil no resume cómo ha ido todo el día.