GUÍAS EN PROFUNDIDAD · EMOCIONES · DE 2 A 5 AÑOS
¿Por qué les cuesta tanto a los niños gestionar sus emociones?
Reconocer, comprender y regular: tres habilidades que se desarrollan durante la infancia y ayudan a explicar muchas reacciones desconcertantes.

Tu hijo sabe perfectamente que está enfadado, pero sigue gritando. Entiende que no debe pegar, pero la mano se le escapa igualmente. Y a veces basta una contrariedad que a nosotros nos parece insignificante para que estalle un drama.
Estas reacciones pueden resultar agotadoras, sobre todo cuando tenemos la sensación de haberlo explicado ya todo.
Sin embargo, se entienden mejor si distinguimos tres habilidades que los niños desarrollan poco a poco: reconocer sus emociones, comprender qué las provoca y aprender a regular sus reacciones.
Estas habilidades están relacionadas, pero no avanzan necesariamente al mismo ritmo. Un niño puede saber perfectamente por qué está enfadado y aun así ser incapaz de calmarse.
¿Qué nos dice la investigación sobre estos aprendizajes? ¿Por qué explican algunos momentos desconcertantes de la vida con niños? Y, sobre todo, ¿cómo podemos ayudarlos sin convertir cada contrariedad en una clase de psicología?
Reconocer las emociones: aprender a identificar lo que sentimos

Los niños sienten emociones mucho antes de saber ponerles nombre.
Un bebé puede mostrar angustia, alegría o malestar sin tener la menor idea de qué significa la palabra «frustración». Incluso cuando un niño empieza a hablar, necesita tiempo para distinguir unas emociones de otras.
No siempre es fácil diferenciar la rabia, la tristeza y el miedo, especialmente cuando aparecen mezclados.
Un niño que llora porque un compañero no quiere jugar con él, ¿está triste? ¿Enfadado? ¿Decepcionado? Quizá un poco de las tres cosas.
Qué nos dicen los estudios
En 2025, un equipo de investigadores estudió la capacidad de reconocimiento emocional de 1285 niños de entre tres y cinco años [1].
Entre otras pruebas, les mostraron rostros que expresaban distintas emociones y les pidieron que identificaran la alegría, la rabia, la tristeza o el miedo.
Los niños de tres años ya reconocían algunas expresiones. En esta tarea, la rabia y la tristeza estaban incluso entre las expresiones que mejor identificaban. El miedo, por lo general, era más difícil de reconocer.
Los resultados mejoraban con la edad, pero no todas las emociones eran igual de fáciles de identificar.
Esto nos enseña algo importante: el reconocimiento de las emociones se desarrolla gradualmente. Los niños no aprenden a distinguir todos los sentimientos de golpe.
Además, reconocer una expresión en una imagen no significa necesariamente saber identificar lo que uno mismo siente, especialmente en medio de una situación que nos desborda.
Qué nos ayuda a entender de esos pequeños momentos cotidianos
Imagina que Gabriel llora porque no puede llevarse un juguete. Cuando le preguntan qué le pasa, responde simplemente: «¡Quiero el camión!».
Expresa perfectamente lo que quiere. Pero eso no nos dice si sabe distinguir su decepción de su enfado.
Y cuando un niño grita «¡Te odio!» después de una contrariedad, no necesariamente está haciendo una descripción fiel y reflexionada de lo que siente hacia su madre o su padre.
Puede que solo esté intentando expresar la intensidad de su frustración con las palabras que conoce.
Cómo podemos ayudar
Una de las cosas más sencillas es proponer palabras para describir lo que el niño parece sentir, sin imponerle nuestra interpretación.
- «Estás decepcionado. Tenías muchas ganas de llevarte ese camión».
- «¿Te has asustado cuando ha ladrado el perro?».
- «¡Qué orgulloso estás de tu torre!».
- «No sé si estás triste o enfadado. ¿Quieres contármelo?».
No hace falta esperar a una rabieta. Los momentos agradables también son buenas ocasiones para hablar de las emociones.
Y cuando un niño no está de acuerdo con nuestra interpretación, podemos escucharlo sin más. Al fin y al cabo, no siempre somos quienes mejor sabemos lo que siente.
La idea clave: antes de poder explicar o gestionar sus emociones, el niño va desarrollando la capacidad de identificarlas y expresarlas.
Comprender las emociones: descubrir por qué sentimos lo que sentimos

Reconocer la tristeza en un rostro es una cosa. Entender por qué alguien está triste es otra.
Para ello hay que relacionar la emoción con una situación, un deseo, una expectativa o, a veces, una decepción.
Para un adulto, la relación suele parecer evidente. Para un niño pequeño, puede ser mucho menos clara.
Qué nos dicen los estudios
En el mismo estudio de 2025, los investigadores propusieron una segunda serie de ejercicios [1].
Esta vez, los niños tenían que averiguar qué sentía un personaje en una situación determinada.
Los resultados fueron interesantes: en general, a los niños les resultaba más fácil reconocer emociones en rostros aislados que identificarlas y nombrarlas a partir de una situación.
A los tres años, relacionar una situación con el nombre de una emoción era especialmente difícil. Los niños de cuatro y cinco años solían hacerlo mejor.
Otros trabajos sobre el desarrollo emocional muestran también que la comprensión de las causas externas de las emociones aparece relativamente pronto, mientras que las explicaciones relacionadas con creencias, intenciones o emociones contradictorias se desarrollan durante más tiempo a lo largo de la infancia [2].
En otras palabras, saber reconocer la tristeza no significa comprender todavía todas las razones por las que alguien puede estar triste.
Qué nos ayuda a entender de esos pequeños momentos cotidianos
Louise, de cinco años, vuelve del colegio anunciando que Zoé ya no es su amiga.
¿Por qué? Porque Zoé ha preferido jugar con otra niña.
Para Louise puede sentirse como un rechazo. Pero quizá Zoé solo quería probar otro juego.
Las dos niñas pueden haber vivido la misma situación de maneras muy distintas.
Eso es precisamente lo que cuenta nuestra historia sobre las primeras amistades.
Otro ejemplo es el de Gabriel y su camión quitanieves. Para un adulto, decidir no comprar un juguete es algo corriente. Para un niño que ya se imaginaba jugando con él, a veces supone que se venga abajo un plan que le hacía muchísima ilusión.
La emoción no depende solo de lo que ha ocurrido, sino también de lo que el niño esperaba.
Cómo podemos ayudar
Podemos ayudar a los niños a establecer conexiones entre sus emociones, sus expectativas y los acontecimientos.
- «Pensabas que Zoé iba a jugar contigo. Te has decepcionado cuando se ha ido».
- «Querías terminar el dibujo y te he pedido que recogieras. Da rabia tener que parar».
- «Estabas contento de ver a tu amigo y ahora estás triste porque se marcha».
- «Quizá Zoé solo tenía ganas de jugar a otra cosa. Eso no significa necesariamente que ya no quiera ser tu amiga».
Estas conversaciones suelen resultar más fáciles cuando el niño está receptivo, y no en mitad de un gran enfado.
Los libros, los juegos y las historias inventadas también permiten explorar las emociones sin hablar directamente del niño.
Podemos preguntar: «¿Por qué crees que llora?» o «¿Qué piensas que esperaba que sucediera?».
No se trata de buscar siempre la respuesta correcta, sino de animarlo a considerar distintas explicaciones.
La idea clave: comprender una emoción implica descubrir poco a poco la relación entre lo que ocurre, lo que esperamos y lo que sentimos. También significa aprender que otras personas pueden vivir de forma distinta una misma situación.
Regular las emociones: saber lo que sentimos no basta para calmarnos

Esta es probablemente la distinción más importante para las familias.
Malo, que todavía no ha cumplido tres años, sabe explicar perfectamente por qué está enfadado: su madre ha guardado la plastilina antes de que terminara su cocodrilo.
Sabe qué ha pasado. Sabe qué quería. Incluso puede decir que está enfadado.
Sin embargo, sigue pidiendo la caja e intenta recuperarla.
En nuestra historia sobre Malo y su cocodrilo, esta diferencia se ve con especial claridad.
Comprender una emoción no significa todavía ser capaz de cambiar nuestra reacción.
¿Por qué es tan difícil?
La regulación emocional requiere varias capacidades: desviar la atención, frenar un impulso, tolerar la frustración o encontrar otra manera de responder.
Estas habilidades se desarrollan progresivamente durante la infancia.
También dependen del contexto. Un niño que puede esperar tranquilamente por la mañana quizá lo tenga mucho más difícil por la noche, cuando está cansado, tiene hambre o ya ha recibido demasiados estímulos.
Por eso los avances no siempre son constantes.
Y por eso repetir una explicación no siempre basta para detener una rabieta.
¿Qué dicen los estudios sobre el apoyo de los padres?
En este caso, contamos con investigaciones que van más allá de observar cómo se comportan las familias.
En un ensayo publicado en 2010, 216 padres y madres de niños de entre cuatro y casi seis años fueron asignados al azar a un programa de acompañamiento emocional o a un grupo de control [3].
Los participantes del programa aprendieron, entre otras cosas, a reconocer mejor las emociones, hablar de ellas con sus hijos y responder de forma menos despectiva o minimizadora.
Después de la intervención, los investigadores observaron una mejora en los conocimientos emocionales de los niños. Los padres y los docentes también comunicaron una disminución de algunos problemas de comportamiento.
Una revisión de 15 ensayos aleatorizados, publicada en 2023, encontró efectos positivos medios de varios programas de acompañamiento emocional sobre las competencias emocionales de los niños [4].
Estas investigaciones no demuestran que una frase concreta baste para calmar a un niño. Los programas estudiados combinaban varias prácticas y sus efectos eran diferentes.
Pero sí sugieren que ayudar a las familias a acompañar mejor las emociones puede beneficiar realmente las habilidades emocionales de sus hijos.
Cómo podemos ayudar durante una rabieta
Cuando un niño está desbordado, el objetivo inmediato no tiene por qué ser hacerle entender por qué su comportamiento es problemático.
Quizá necesite primero ayuda para recuperar la calma.
Esta ayuda, que a veces llamamos corregulación, puede adoptar distintas formas: una presencia tranquilizadora, menos estímulos, un límite puesto con calma o, sencillamente, tiempo.
En nuestra historia del camión quitanieves, Gabriel sigue alterado durante casi 45 minutos después de recibir un no por respuesta. Su madre prueba varias maneras de ayudarlo hasta que una botella de agua que habla con voz ridícula consigue arrancarle una sonrisa.
El humor no es una solución universal, pero esa escena recuerda que no siempre existe una respuesta inmediata.
Algunas frases que pueden ayudar
- «Veo que estás muy enfadado. Me quedo contigo».
- «Puedes enfadarte, pero no voy a dejar que pegues».
- «Querías seguir jugando. Es difícil parar. La plastilina se queda guardada».
- «Podemos volver a hablar de ello cuando estés preparado».
Estas frases no son mágicas. Sirven para reconocer lo que sucede, mantener los límites necesarios y ofrecer acompañamiento.
Y si el niño no quiere hablar o que lo toquen, no hace falta insistir.
¿Y cuando vuelve la calma?
Ese suele ser un mejor momento para reflexionar juntos.
La madre de Malo, por ejemplo, podría retomar lo ocurrido:
«Te enfadaste mucho cuando guardé la plastilina. La próxima vez, podemos hacer una foto de tu cocodrilo para que lo termines más tarde».
Así, el niño descubre que puede seguir decepcionado y, al mismo tiempo, encontrar otra manera de actuar.
Los adultos también pueden mostrar cómo afrontan sus propias emociones:
«Estoy empezando a enfadarme. Voy a tomarme un minuto antes de seguir».
Esto no exige estar perfectamente tranquilos en todas las circunstancias. Se trata más bien de mostrar que todos tenemos emociones y que podemos aprender a responder a ellas.
La idea clave: regular las emociones no significa dejar de sentir rabia o tristeza. Es desarrollar, con el tiempo y el acompañamiento, la capacidad de vivir esas emociones sin dejarnos arrastrar completamente por ellas.
Comprender las emociones para acompañar mejor a nuestros pequeños bugs
Cuando un niño tiene una gran rabieta, a menudo buscamos la explicación o la frase perfecta que lo ayude a calmarse.
Pero no siempre necesita que le demos otra explicación.
Puede que todavía esté aprendiendo a identificar lo que siente. Puede reconocer su enfado sin entender exactamente qué lo ha desencadenado. O, como Malo, comprender perfectamente por qué está enfadado sin poder frenar su reacción.
Estas tres habilidades no se desarrollan como los peldaños de una escalera. Avanzan juntas, a ritmos distintos.
Para las familias, esta distinción cambia sobre todo nuestra forma de reaccionar: a veces, el niño necesita palabras; otras veces, ayuda para entender qué ha pasado; y otras, simplemente, un adulto que lo acompañe mientras pasa la emoción.
Y muchas veces necesita un poco de las tres cosas.
El objetivo no es enseñar a los niños a no enfadarse nunca. Es ayudarlos a comprender lo que sienten y, poco a poco, a saber qué hacer con ello.
Fuentes científicas
- Richard et al. (2025). The development of specific emotion comprehension components in 1285 preschool children. Scientific Reports. Estudio sobre el reconocimiento y la comprensión de las emociones en niños de tres a cinco años.
- Pons, Harris & de Rosnay (2004). Emotion comprehension between 3 and 11 years: Developmental periods and hierarchical organization. European Journal of Developmental Psychology. Estudio sobre el desarrollo de la comprensión emocional.
- Havighurst et al. (2010). Tuning in to Kids: Improving emotion socialization practices in parents of preschool children. Journal of Child Psychology and Psychiatry. Ensayo aleatorizado que evalúa un programa para familias.
- England-Mason et al. (2023). Emotion socialization parenting interventions targeting emotional competence in young children. Clinical Psychology Review. Metaanálisis de 15 ensayos aleatorizados.


