Iris, la hija de Nora, de tres años y medio, señaló una pequeña mochila azul a la salida de la escuela infantil. Tenía un dinosaurio delante y pertenecía a un compañero. Otro niño llevaba una casi igual.
De camino a casa, Iris anunció que también quería una. Nora le recordó que su mochila amarilla era nueva, que cerraba bien y que la había elegido ella misma.
Iris respondió que los demás tenían la del dinosaurio.
Su hija quería la misma mochila que sus amigos. Nora explicaba por qué no necesitaba una nueva. No estaban hablando exactamente de lo mismo.
Querer lo mismo que los amigos, no solo querer comprar
Nora oía otra petición después de un inicio de curso ya lleno de pequeños gastos. Veía un objeto que hacía exactamente el mismo trabajo que el que colgaba en la entrada de casa.
Para Iris, el detalle importante no era la cremallera. Era el dinosaurio que también llevaban dos niños de su clase. Los había visto comparar sus mochilas junto a las perchas. Quería participar en esa conversación.
Eso no demostraba que la estuvieran dejando de lado, ni que todos los niños tuvieran ese modelo. Pero su deseo tenía otra dimensión, más allá de una compra innecesaria. Buscaba una pequeña señal que le permitiera parecerse a ellos.
Nora preguntó qué le gustaba de la mochila. Iris habló del dinosaurio y luego de los dos amigos. No había dejado de querer el objeto. Nora entendía mejor lo que esperaba encontrar en él.
Comprender el deseo no cambia necesariamente la respuesta
Nora podía reconocer ese deseo sin prometer una compra. El límite seguía siendo el mismo: no iban a sustituir una mochila que todavía le servía.
Podía evitar responder solo con una explicación sobre la utilidad de las mochilas, o con una lección sobre ser diferente. Iris no había pedido un curso de originalidad. Quería encontrar algo familiar en los demás.
«Te gustaría tener el mismo dinosaurio que ellos. Lo entiendo. Nos quedamos con tu mochila amarilla».
«¿A ellos también les gustan los dinosaurios? Podrás hablarles del que has dibujado».
El dibujo no sustituía a la mochila ni era un truco para hacer desaparecer el deseo. Era simplemente otra forma de entrar en la conversación, si a Iris le apetecía. Si, en cambio, contaba que se burlaban de ella o la excluían repetidamente, Nora podría intentar comprender la situación con la escuela.
Al día siguiente, Iris volvió a mirar la mochila azul. Nora no retomó su explicación sobre la cremallera. Le propuso llevar su dibujo hasta la clase, con la mochila amarilla a la espalda de Iris.




