Iris, de tres años y medio, jugaba en el suelo con una muñeca y un conejo de peluche. Nora, su madre, guardaba la ropa a su lado sin prestar demasiada atención.
Entonces la muñeca puso una voz muy seria.
Nora se quedó quieta con una camiseta en la mano. El día anterior había utilizado casi exactamente esa frase cuando Iris había empezado a lanzar los cojines del sofá. El mismo tono. El mismo ritmo.
Su primer impulso fue preguntar por qué la muñeca hablaba así. Luego se contuvo. Iris no parecía triste. Tampoco parecía estar enviándole un mensaje oculto. Estaba jugando.
El juego no siempre es solo juego
A esta edad, los niños reproducen muchas de las cosas que ven. Dan de comer a los peluches, acuestan a las muñecas, conducen coches al trabajo y organizan discusiones entre dos dinosaurios.
A veces, una escena familiar se cuela en medio.
Eso no significa que haya que analizar cada frase o buscar un problema detrás de cada historia. Pero el juego simbólico ofrece algo que las preguntas directas no siempre permiten: un espacio donde el niño puede cambiar los papeles, repetir una situación y, sobre todo, cambiar el final.
Unos minutos después, el peluche de Iris volvió a lanzar objetos imaginarios. La muñeca suspiró. Entonces Iris le hizo decir: «Puedes lanzar las pelotas fuera».
Nora sonrió. Esa parte también venía del día anterior.
Observar antes de interpretar
Desde entonces, Nora intenta a veces no entrar enseguida en el juego con sus preguntas de adulta.
Escucha.
Si Iris le pide que participe, participa. Si una escena se repite a menudo, puede tenerla presente. Pero evita convertir la muñeca en un interrogatorio disfrazado.
Lo más interesante no es necesariamente saber si el juego cuenta exactamente lo que siente Iris. Es ver que dispone de un lugar donde puede retomar una escena a su manera.
En la vida real, Nora decide a veces cuándo hay que dejar de lanzar los cojines.
En el juego, Iris puede convertirse en la madre, el peluche, la muñeca o todos a la vez.
Y aquella noche, la muñeca acabó tomando al peluche en brazos.
Nora no preguntó nada. Simplemente siguió doblando la ropa, un poco más despacio que antes.



