Oscar, mi hijo de cuatro años y medio, había instalado su consulta en la alfombra del salón. Un peluche esperaba en una silla, tres bloques hacían de recetas y a mí me habían llamado para una urgencia.
Señalé mi rodilla. Oscar me auscultó el codo con su estetoscopio de plástico y anunció el diagnóstico: tenía la enfermedad de los calcetines. Para curarme, debía tomar una sopa invisible y saltar dos veces a la pata coja.
Estuve a punto de explicarle que una rodilla no se curaba así. Desde luego, aquella consulta cumplía pocas normas.
Cuando el niño dirige el juego de médicos
En los juegos de imitación, los adultos ya conocemos casi todas las reglas del mundo real. Sabemos dónde escuchar el corazón, para qué sirve un termómetro y por qué no se cura un tobillo con una cuchara. A veces cuesta dejar esos conocimientos a un lado.
Oscar no me pedía una consulta creíble. Repartía los papeles, inventaba una historia y comprobaba que su paciente la siguiera. Con cada nueva respuesta, tenía que imaginar qué pasaría después.
Así que pregunté, muy serio, si la enfermedad de los calcetines era contagiosa. Se lo pensó, cogió su oso y decidió que sí, pero solo para los peluches que dormían en la cama.
El médico improvisaba. Su paciente también. Y el juego avanzaba.
Participar sin tomar el mando
Dejar que un niño dirija el juego no significa quedarse callado ni aprobar todo lo que cuenta. Yo podía hacer preguntas, fingir que me daba miedo la inyección e incluso proponer una complicación. La diferencia estaba en lo que hacía con sus respuestas: recibirlas como ideas para jugar, no como errores que corregir.
Cuando Oscar me pidió que le tomara la temperatura al oso con un plátano imaginario, no expliqué cómo funciona un termómetro. Pregunté si el oso tenía fiebre. «Mucha, pero se cura con abrazos», respondió el doctor.
Por supuesto, si habláramos de un medicamento de verdad, una lesión o una preocupación real, daría información exacta. Jugar a imaginar no obliga a mantener confusiones en la vida cotidiana.
Para entrar en su historia, muchas veces bastaban dos preguntas:
«Doctor, ¿qué tengo que hacer ahora?»
«¿Y si su paciente no consigue seguir el tratamiento?»
Oscar acabó por darme permiso para levantarme. Pregunté si ya estaba curado. Me examinó el pie, frunció el ceño y decidió que debía seguir tumbado.
En el fondo, no era un médico muy bueno. Pero sabía perfectamente cómo alargar una consulta cuando su papá quería recoger el salón.
Para tenerlo a mano
La situación
¿Tu hijo inventa tratamientos imposibles cuando juega a médicos?
Qué probar
Yo podía hacer preguntas, fingir que me daba miedo la inyección e incluso proponer una complicación.
- «¿Quieres que juegue contigo o prefieres seguir?»
Conviene recordar: No hace falta dirigir cada juego ni convertirlo siempre en una actividad educativa.




