Oscar, de cuatro años y medio, apilaba bloques en la alfombra cuando Julien, su papá, miró su construcción.
Oscar puso un bloque torcido. La torre se derrumbó.
Julien había querido valorar su juego. Sin embargo, en pocos segundos lo había convertido en una demostración de habilidades, con un futuro serio escondido detrás de cada bloque. Ya imaginaba a un futuro arquitecto. Oscar buscaba, sobre todo, algo que sujetara el tejado.
Cuando el juego se convierte en preparación para el futuro
A veces el juego infantil nos tranquiliza más cuando podemos explicar para qué sirve. Las construcciones preparan las matemáticas, los cuentos desarrollan el lenguaje y los juegos de roles ejercitan las relaciones sociales. Todo eso puede ser cierto. Pero, si lo comentamos sin parar, el juego corre el riesgo de convertirse en una pequeña candidatura laboral: cada actividad debería demostrar que prepara para algo.
A los tres, cuatro o cinco años, un niño no necesita conocer el objetivo pedagógico de su torre. Puede empezar de nuevo porque le divierte que se caiga, cambiar de plan porque un bloque de repente parece un barco o abandonar la construcción para acostar a un animal debajo. Esa libertad también forma parte de lo que aprende.
Mirar el juego sin pedirle un resultado
El papel del adulto no consiste en negar que haya aprendizaje. Puede observar la perseverancia, la coordinación o la imaginación sin convertirlas en un resultado esperado. La diferencia suele estar en la manera de hablar.
En lugar de preguntar «¿Qué estás aprendiendo?», podemos describir lo que ocurre.
«Tu torre se ha caído y has cambiado la base.»
«Habías empezado una casa y luego se ha convertido en un barco.»
«¿Quieres contarme tu idea o prefieres seguir?»
Estas frases dejan que el niño decida si el momento invita a conversar. No le piden explicar su proceso ni demostrar que progresa. El silencio del adulto puede incluso dejarle tiempo para intentarlo, sin convertir cada intento en una demostración.
Julien se sentó un poco más lejos. Oscar reconstruyó su casa, añadió un tejado demasiado pesado y anunció que, al final, la babosa se había ido de vacaciones. La torre volvió a caerse dos veces.
Julien resistió las ganas de hablar de ingeniería. Solo preguntó adónde se había ido la babosa. Oscar respondió: «A un hotel sin tejado, porque es más práctico».
Oscar volvió a colocar su tejado. Julien lo miró hacerlo sin buscar qué anunciaba aquella casa para el futuro.
Para tenerlo a mano
La situación
Al ver jugar a tu hijo, ya buscas las habilidades o la futura profesión que su juego podría anunciar.
Qué probar
Observar lo que tu hijo hace ahora. Comentar un detalle si el momento invita a ello, sin pedir pruebas de aprendizaje ni planear cómo sigue el juego.
- «¿Quieres que mire o que juegue contigo?»
- «¿Tienes alguna idea para seguir?»
Conviene recordar: Los juguetes educativos y las actividades guiadas también tienen su lugar. La idea es dejar que algunos juegos existan sin un objetivo fijado por el adulto.




