A las 18:42, Iris estaba construyendo una clínica veterinaria en medio del salón. Una jirafa esperaba sobre un cojín y, por lo visto, un cocodrilo trabajaba en recepción.
Nora, su madre, anunció que el baño estaba preparado.
Nora habló de la espuma, encontró el barco amarillo y prometió la toalla grande y suave. Iris rechazó el programa entero.
Después, en cuanto entró en el agua, se puso a jugar con el barco como si aquella actividad hubiera sido idea suya desde el principio.
Cuando un niño no quiere bañarse pero dos minutos después juega encantado en el agua, podemos acabar preguntándonos qué estaba rechazando en realidad. Aquella tarde, quizá el problema no fuera el baño. Era dejar una historia que todavía no tenía final.
Cuando el rechazo al baño empieza en el salón
Nora ya pensaba en el paso siguiente: baño, pijama y cama. Iris aún tenía una jirafa que curar.
Para un adulto, pasar del salón al cuarto de baño es recorrer unos metros. Para un niño pequeño absorto en su juego, puede significar abandonar de golpe algo que, en ese preciso instante, le importa mucho.
Hacer que el baño pareciera más atractivo no respondía del todo al problema. Nora ofrecía un destino mejor, mientras que Iris necesitaba sobre todo ayuda para cerrar la escena en la que ya estaba.
Avisar «dentro de cinco minutos» ofrece una referencia, pero no siempre crea un final para el juego. A los tres años y medio, pueden pasar cinco minutos sin que la clínica atienda a un solo paciente más.
Ayudar a que el juego termine sin hacerlo desaparecer
Al día siguiente, Nora avisó a Iris con algo de tiempo y después se acercó a su construcción. Le preguntó qué faltaba para que la clínica pudiera cerrar hasta el día siguiente.
Iris puso una tirita imaginaria a la jirafa. Nora hizo una foto de la clínica y luego colocaron los animales en una estantería donde nadie pudiera pisarlos.
«Veo que no has terminado. Curas a un animal más y dejamos la clínica exactamente así.»
«¿Prefieres hacer una foto de tu juego o poner a salvo los animales para mañana?»
Ese pequeño puente no garantiza una salida sin protestas. Cuando hay que ir deprisa o despejar el paso, podemos proponer una última acción muy breve, reconocer que parar es difícil y seguir adelante.
La idea no es negociar cada transición hasta que el niño esté encantado. Es simplemente no confundir su rechazo a dejar algo ahora con un rechazo a todo lo que viene después.
Aquella tarde, Iris aún pidió un minuto más. Después le entregó el cocodrilo a Nora y corrió hacia el cuarto de baño.
El baño no había cambiado. Esta vez, el juego había podido terminar.



