Al ordenar una caja, encontré el gorrito que llevaba de recién nacida Alice, mi hija de dos años. Oscar, mi hijo de cuatro años y medio, se lo puso a su oso. Apenas le cubría una oreja.

Me recordó los primeros días de Alice en casa. Oscar tenía entonces dos años y medio, y varios adultos le habían anunciado que iba a tener una hermanita con quien jugar.

Se encontró con un bebé que dormía, lloraba y a veces interrumpía su cuento antes de dormir. Cuando le propuse darle un beso, prefirió irse con su oso.

Me había preguntado si mi hijo no quería al nuevo bebé. Nosotros habíamos presentado un encuentro alegre; él parecía preguntarse sobre todo cuándo volveríamos a nuestra vida habitual.

No querer al nuevo bebé de inmediato

Antes del nacimiento, ya imaginaba a Oscar enseñándole sus juguetes. Después buscaba señales: una mirada, una caricia, un gesto que demostrara que la relación empezaba bien.

Su indiferencia me preocupaba porque esperaba una reacción concreta. Sin embargo, aquel bebé todavía no era una compañera de juegos para él. Conocía sobre todo los momentos en que nosotros estábamos menos disponibles.

Podía echar de menos nuestra antigua rutina sin haber decidido nada sobre su hermana. Ni siquiera una caricia me habría permitido saber exactamente qué sentía.

No necesitaba atribuirle un amor inmenso ni un rechazo definitivo. Podía empezar por aceptar lo que mostraba aquel día.

Proponer un encuentro sin pedir una prueba de amor

Intenté comentar menos cada acercamiento. Oscar podía mirar cómo Alice movía los pies, acercarse a nosotros o volver a jugar. No tenía que convertirse en mi ayudante ni regalar su oso para empezar bien como hermano mayor.

Cuando un gesto podía hacerle daño al bebé, intervenía. Respetar sus sentimientos no significaba dejarle hacer cualquier cosa. Pero podía poner ese límite sin añadir que un hermano mayor debía querer a su hermana.

Podemos proponerle una pequeña forma de participar y dejar que la acepte o no.

«Puedes venir a ver sus piececitos si quieres. Tu oso sigue siendo tuyo.»

«No te apetece darle un beso. Está bien. Podemos estar cerca de ella sin dárselo.»

También podemos conservar, cuando sea posible, una parte de la antigua rutina: terminar juntos un cuento, por ejemplo, sin aprovechar para hablar otra vez del bebé.

Hoy, Oscar le devolvió el gorrito a Alice. Ella se lo puso a un barco y luego se pelearon por el barco. No busqué una prueba de amor ni de lo contrario.

El gorrito había cambiado de cabeza. El oso se había quedado con Oscar.