En el parque, Oscar, el hijo de Julien, de cuatro años y medio, jugaba con un camión rojo. Cuando otro niño quiso cogerlo, Oscar lo empujó. No muy fuerte, pero lo suficiente para que cayera sentado.

Julien, su papá, se acercó a los dos niños. Comprobó que el otro estaba bien y después se volvió hacia Oscar.

«Pídele perdón.»

Oscar miró sus zapatos. Julien lo repitió, un poco más firme. Nada. El silencio empezaba a resultar casi más incómodo que el empujón.

Era evidente que había que detener el gesto. Pero ¿también hacía falta obtener inmediatamente la palabra «perdón»?

Cuando un niño se niega a pedir perdón

Julien se dio cuenta de que había mezclado dos objetivos. El primero era proteger al otro niño y recordar que no se empuja. El segundo, mostrar a los adultos de alrededor que se tomaba la situación en serio.

Oscar seguía rojo de enfado. Acababa de perder su camión, había visto caer a su amigo y todo el mundo lo miraba. En ese estado, pronunciar la fórmula esperada no habría significado necesariamente que comprendiera lo que acababa de hacer.

Así que Julien dejó de exigir el perdón, pero mantuvo el límite.

«No voy a dejar que empujes. Mira, se ha caído. Primero voy a ver si le duele.»

Atendió al otro niño y después propuso apartar el camión unos instantes. Oscar protestó, pero no volvió a empujar.

Reparar no siempre pasa por una palabra

Un poco más tarde, cuando los dos niños habían recuperado la calma, Julien preguntó a Oscar qué podía hacer para que su amigo pudiera volver a jugar. Oscar lo pensó y después le llevó el camión.

Seguía sin haber dicho perdón. Su amigo aceptó el juguete y volvieron a construir una carretera en la arena.

No era una prueba de que Oscar lo hubiera comprendido todo. Tampoco era una razón para actuar como si el empujón no hubiera ocurrido.

La próxima vez, Julien podrá volver a nombrar el gesto, proteger al niño que se haya hecho daño e invitar a Oscar a reparar: devolver el objeto, preguntar si el otro está bien o proponer retomar el juego de otra manera. Si llega la palabra «perdón», mejor. Si no, eso no debería anular la reparación.

De vuelta a casa, Julien recordó aquel momento en el que esperaba una palabra delante de todo el parque. Quería enseñar a su hijo a cuidar de los demás. Quizá, aquel día, necesitaba sobre todo mostrarle cómo se hace.

Para tenerlo a mano

La situación

Tu hijo ha hecho daño a otra persona, pero se niega a pedir perdón.

Qué probar

Atender primero al niño que se ha hecho daño, nombrar lo ocurrido e invitar a reparar con un gesto concreto.

  • «Primero vamos a ver cómo está tu amigo.»
  • «¿Qué podríamos hacer para ayudarle a volver a jugar?»

Conviene recordar: Un perdón forzado no sustituye la atención al otro ni la reparación.