Gabriel, mi hijo de casi cuatro años, acababa de ponerse el pijama. Yo había hablado de su «cosita» al recordarle que se secara. Me preguntó cómo se llamaba de verdad.

Empecé una respuesta, cambié de palabra y volví a coger la toalla. Al parecer, aquella toalla era una actividad muy absorbente.

Gabriel seguía esperando.

Al final dije «pene». Repitió la palabra y preguntó dónde estaba su camión rojo.

Yo seguía en el baño, con la sensación de haber abierto una conversación enorme. Él había pedido, sobre todo, un nombre.

Mi incomodidad había añadido misterio

Sabía nombrar su codo, su ombligo o su rodilla sin buscar una expresión más bonita. Para aquella parte del cuerpo, de pronto quería dar un rodeo.

Sin embargo, Gabriel no había bajado la voz ni se había reído. Mi reacción podía hacerle entender que aquella era una pregunta incómoda, cuando simplemente buscaba saber.

No necesitaba explicarle todo lo que sabía del cuerpo o la sexualidad. Podía responder a su pregunta con una palabra precisa y ver si tenía otra.

«Se llama pene. Es una parte de tu cuerpo».

Un nombre podía bastar. Si preguntaba más, podía seguir con sencillez, sin preparar por él todas las preguntas siguientes.

Las palabras y los pequeños rechazos van juntos

Hablar del cuerpo también ocurre en momentos menos solemnes. Cuando lo ayudo a lavarse, cuando quiere cerrar la puerta o cuando me pide que deje de hacerle cosquillas.

Puedo anunciar lo que voy a hacer y escuchar su respuesta. Si dice basta durante un juego, paro. Si necesita ayuda para limpiarse, explico el gesto necesario y le propongo que haga solo lo que pueda.

Eso no exige convertir cada aseo en una lección. Una frase clara, un gesto menos apresurado, una pregunta a la que respondo: ya hay bastante.

También puedo decir que algunas partes del cuerpo son íntimas. Eso habla de respeto y de momentos en que nos cubrimos; no impide nombrarlas o hablar de ellas con un adulto de confianza.

Gabriel había encontrado su camión. Le tendí la toalla para el pelo.

La próxima vez intentaré empezar por la palabra. La toalla podrá esperar.