«¿Quieres irte a dormir ahora o seguir jugando?».

Le hice esa pregunta a Malo, mi hijo de casi tres años, pensando que le gustaría poder elegir. Miró los coches de juguete esparcidos por la alfombra y contestó: «¡Jugar!». No lo dudó ni un segundo.

Ya era hora de empezar nuestra rutina de la noche. El pijama lo esperaba sobre la cama, él se frotaba los ojos y yo esperaba evitar la negociación de siempre. Darle a elegir me había parecido una buena idea. Solo había pasado por alto un detalle: si le hacía esa pregunta, tenía todo el derecho a responder que no.

Diez minutos después, cuando le pedí que recogiera, Malo me miró indignado: «¡Pero he dicho jugar!». Era difícil llevarle la contraria.

Le había dado a elegir algo que en realidad no podía aceptar

Quería que su opinión contara, no que decidiera a qué hora se iba a acostar. Pero eso era precisamente lo que había dado a entender con mi pregunta.

Con casi tres años, Malo puede elegir un pijama, un cuento o el orden de dos pequeños pasos de la rutina. Decidir cuándo empezar a acostarlo, teniendo en cuenta su cansancio y el ritmo de la familia, sigue siendo cosa mía. Si no, le hago creer que es responsable de una decisión que al final voy a tomar yo de todas formas.

Me agaché a su lado: «Tienes razón, te lo he preguntado. Debería habértelo explicado mejor. Vamos a guardar los coches y prepararnos para dormir. ¿Prefieres el pijama azul o el de dinosaurios?».

Eligió el de dinosaurios. Eso no impidió que protestara cuando guardamos el garaje, así que lo ayudé a aparcar un último coche.

Mantener el límite y dejarle elegir de verdad

Una elección solo es real si cualquiera de las dos respuestas es posible. Si le ofrezco dos cuentos, debo estar dispuesta a leer el que escoja. Si no podemos retrasar una hora la hora de dormir, es mejor no preguntarle si quiere acostarse.

Eso no significa que sus ganas de seguir jugando no importen. Puedo escucharlo, dejar que termine lo que está haciendo o proponerle que elija el cuento. Simplemente, sigo siendo yo quien decide cuándo empieza la rutina de dormir.

Aquella noche, Malo se puso el pijama de dinosaurios y eligió un libro sobre conejos. Al acurrucarse a mi lado, anunció: «Las páginas las paso yo».

Esta vez pude decirle que sí sin dudarlo.

Para tenerlo a mano

La situación

¿Tu hijo dice que no cuando le preguntas si quiere acostarse?

Qué probar

Si no podemos retrasar una hora la hora de dormir, es mejor no preguntarle si quiere acostarse.

  • «¿Qué te ayudaría a que este momento fuera más fácil?»

Conviene recordar: Las necesidades de sueño cambian según la edad y las circunstancias.