Iris, mi hija de tres años y medio, me preguntó por qué había desaparecido la flor. En la pantalla ya habían pasado a una canción y después a un tren. Le dije que no había visto la flor. Estaba mirando sobre todo la hora: faltaban cuatro minutos para que terminara el episodio.

Para elegir dibujos animados adecuados para un niño pequeño, había tomado un atajo bastante práctico: buscar el más corto. La imagen de presentación mostraba animales sonrientes. Me había parecido suficiente para poner el vídeo mientras recogía la merienda.

Iris seguía esperando saber qué le había pasado a aquella flor.

Elegir unos dibujos, no solo una duración

Al día siguiente, vi el principio del mismo episodio. Por fin vi la flor: un personaje la estaba plantando, pero la escena cambiaba antes de que entendiéramos qué iba a hacer con ella.

No había descubierto un programa peligroso. Había descubierto que apenas sabía nada de lo que había elegido. El contador me decía cuándo terminaría, no qué tendría tiempo de seguir Iris.

Una imagen bonita y una música suave podían darme una sensación tranquilizadora sin contarme cómo transcurría el episodio. Del mismo modo, que un vídeo se presentara como «educativo» todavía no me decía qué podría entender mi hija.

No tenía ninguna gana de redactar una ficha de evaluación antes de cada merienda. Pero ver unos minutos me parecía más útil que comparar tres duraciones casi idénticas.

Observar lo que realmente le interesa al niño

Otra vez pusimos una pequeña historia en la que fabricaban una flor de papel y luego la colocaban en una maceta. Los gestos permanecían en pantalla el tiempo suficiente para que Iris pidiera volver a ver cómo doblaban el papel.

Eso no hizo que aceptara encantada que apagara la televisión. Un contenido que le gusta sigue siendo una pantalla que querría mantener encendida. Elegir el programa no sustituía nuestro límite.

Después pidió papel. Hicimos una flor bastante menos regular que la del vídeo, con un tallo que se negaba a quedarse derecho.

Desde entonces intento observar qué sigue, qué la deja desconcertada o qué retoma en sus juegos. Sin pedirle que cuente la historia ni que demuestre que ha aprendido algo: la merienda no necesita un examen.

Una pregunta que probar«¿Querías volver a ver el momento en que doblan el papel?»

Algunos días pongo simplemente un episodio que ya conocemos. Mantengo el momento previsto para terminar y evito que el siguiente vídeo empiece solo. Con eso basta para ese día.

Esta vez, cuando Iris me habló de la flor, sabía a cuál se refería.