Iris, mi hija de tres años y medio, quería escuchar su cuento sentada en mis rodillas. También quería rebotar sobre ellas. Con cada salto, mi barbilla se acercaba un poco demasiado a su cabeza.

Le pedí que parara. Después lo repetí, apretando un poco más el libro.

Ponía un límite con mi voz mientras mantenía exactamente la misma posición. Lo que ocurriera después dependía por completo de lo que Iris aceptara hacer.

Un límite puede anunciar mi acción

Al final dejé el libro y la ayudé a bajar a la alfombra. Necesitaba dejar de recibir cabezazos, no ganar un concurso de paciencia.

Podía proponerle el sitio a mi lado para continuar. Ella podía enfadarse por el cambio sin que yo estuviera obligada a recuperar los rebotes en mis rodillas.

La diferencia no era solo gramatical. Decir «voy a hacer algo» no convierte cualquier respuesta en justa. «Voy a tirar tus juguetes» sigue siendo una amenaza si el objetivo es sobre todo asustar o castigar.

Lo que anunciaba debía servir para proteger lo que sucedía allí: mi cuerpo, el libro y la posibilidad de leer juntas. No para añadir una sanción con la que obtener por fin un sí.

Tampoco necesitaba prohibir el movimiento en todas partes. Iris podía tener ganas de moverse; mis rodillas simplemente habían dejado de ser el lugar disponible.

Elegir un gesto que pueda mantener de verdad

Antes de hablar podía preguntarme qué acción dependía de mí. En aquella escena, cambiarla de sitio con suavidad y ofrecerle el cojín de al lado era posible. Exigir que le apeteciera sentarse allí de inmediato no lo era.

«Los rebotes me hacen daño. Te voy a poner en la alfombra. Si quieres escuchar el cuento, puedes sentarte a mi lado.»

Iris protestó. No intenté demostrarle que debía encontrar agradable aquella solución. Seguí disponible, con el mismo sitio libre y el libro abierto.

No era una fórmula para hacer desaparecer su enfado. Era una manera de dejar de repetir una petición mientras soportaba la situación que quería detener.

Y podía mantener un «para» muy sencillo si un gesto tenía que cesar enseguida. No todos los límites necesitaban una frase perfectamente construida.

Iris acabó sentándose en el cojín y apoyando los pies en mis piernas.

Esta vez podía seguir leyendo. Y mi barbilla había recuperado una distancia razonable.

Para tenerlo a mano

La situación

¿Repites «para» sin saber qué hacer después?

Qué probar

Era una manera de dejar de repetir una petición mientras soportaba la situación que quería detener.

  • «Veo que es difícil. Estoy aquí, pero no dejaré que hagas daño.»

Conviene recordar: Acoger una emoción no significa permitir conductas peligrosas.