Oscar, mi hijo de cuatro años y medio, entró en el salón con dos coches. Yo estaba sentado frente al ordenador y tenía una llamada en unos minutos. Su abuela acababa de sentarse cerca de él para cuidarlo.

«Papá, ¿tú llevas el rojo?»

Le dije que estaba trabajando. Oscar miró la pantalla y luego el coche que yo aún no había cogido. Estaba en casa. Para él, eso debía significar que podíamos jugar.

Teletrabajar con un niño empieza a veces con este malentendido tan sencillo: el padre está presente, pero parte de su disponibilidad está en otra parte.

En casa, cuesta ver el trabajo

Cuando salgo, Oscar ve cómo se cierra la puerta. Cuando trabajo en el salón, ve sobre todo a su papá sentado en una silla. El mismo ordenador sirve para mirar una foto o preparar un documento. No puede adivinar lo que me exige la pantalla.

Sin embargo, yo empezaba a impacientarme. Ya le había explicado que estaba trabajando. ¿Por qué volvía?

Porque yo seguía allí. Y porque mi «ahora no» no le decía cuándo podríamos hacer rodar los coches.

Podía explicarle el trabajo con palabras sencillas, pero no pedirle que gestionara solo mi jornada laboral. Un límite más claro no sustituye a alguien que se ocupe de él.

Preparar el relevo y cumplir la cita

Antes de la llamada, dejé el teclado un momento. Colocamos los coches en la alfombra con su abuela. Le anuncié que volvía al escritorio y que retomaríamos nuestro garaje después de la merienda, cuando realmente pudiera estar libre.

Esa pequeña despedida se entendía mejor que mis respuestas por encima de la pantalla. También permitía que su abuela tomara el relevo sin que yo siguiera siendo la persona a la que consultaban por cada coche.

«Estoy en casa, pero ahora estoy trabajando. La abuela se queda contigo para jugar.»

«Después de la merienda, cierro el ordenador y seguimos con el garaje.»

La referencia solo tenía valor si cumplía la cita. Si no, «después» era simplemente otra manera de decir que no.

Y los días sin relevo, no podía contar únicamente con la buena voluntad de un niño de cuatro años para conseguir un largo rato de trabajo. Había que revisar la organización o mis expectativas, no encontrar una frase más convincente.

Después de la merienda, Oscar volvió con el coche rojo. Esta vez cerré el ordenador antes de cogerlo.

No necesitaba que estuviera disponible todo el día. En ese instante, por fin podía ver que lo estaba.