Malo, mi hijo de casi tres años, había acercado su camión al cuerpo cuando un compañero del parque tendió la mano. Yo había intentado negociar un pequeño turno. El camión no se había movido.

Unos minutos después, el mismo niño tiraba de una bolsa llena de cosas para jugar. Una de las asas arrastraba por el suelo. Malo se acercó, cogió la otra y lo ayudó a llevarla hasta el banco.

Yo seguía preguntándome cómo enseñarle a ser generoso. Mi hijo acababa de ofrecer algo, pero no lo que yo vigilaba.

La generosidad no se reduce al juguete prestado

La negativa del camión era visible, sonora y fácil de contar. La ayuda con la bolsa había durado unos segundos. Ningún adulto la había pedido.

Si solo miraba los objetos que cambiaban de manos, podía perderme otra manera de prestar atención a alguien. Llevar algo juntos, buscar lo que le falta o acercarse cuando está triste: la ayuda no siempre parece un regalo.

Eso no borraba los conflictos por el camión. Malo todavía tendría que aprender a pedir, esperar y a veces acordar un turno. Pero ese momento no bastaba para decidir que era egoísta.

La propiedad de un objeto, la dificultad de interrumpir el juego y la atención a los demás pueden coexistir de forma bastante desordenada en un pequeño. Una negativa no resume todo lo que ya sabe hacer en una relación.

Ver la ayuda sin convertirla en una nueva prueba

Podía reconocer el gesto sin convertir la bolsa en una prueba que presentar en la siguiente comida familiar. Malo no necesitaba convertirse en «el que siempre ayuda».

Describir sencillamente lo sucedido permitía hacer visible el efecto de su acción. Después podía seguir proponiéndole ocasiones de ayudar a su alcance, con la posibilidad de negarse cuando no estuviera disponible.

Para acompañar esos momentos:

«Habéis cogido un asa cada uno. La bolsa era más fácil de llevar».

«Está buscando su sombrero. ¿Quieres ayudarlo a mirar o seguir jugando?»

Podemos fomentar la atención a los demás sin organizar una recogida permanente de buenas acciones. Y cuando hay que resolver cómo compartir, las reglas merecen explicarse por sí mismas, sin amenazar con convertirse en un mal amigo.

Malo volvió a buscar su camión después de dejar la bolsa. No se lo ofreció al niño. Lo dejé marcharse con él: había visto lo que había dado de otra manera.

Para tenerlo a mano

La situación

Tu hijo se niega a prestar un objeto pero atiende de otra manera las necesidades de un compañero.

Qué probar

Reconocer los gestos de ayuda y su efecto concreto sin convertirlos en recompensa, etiqueta u obligación de estar siempre disponible.

  • «Has visto que le costaba y le has ofrecido ayuda».

Conviene recordar: Las reglas del compartir siguen aprendiéndose. Una negativa no resume el carácter del niño y un gesto de ayuda no lo obliga a ayudar siempre.