Gabriel, mi hijo de casi cuatro años, señalaba un rincón de su habitación. Al parecer, un fantasma había elegido el espacio entre la cortina y la cómoda.

Miré la luz de noche y pensé en el pequeño pulverizador vacío del armario. Un espray mágico, dos pulsaciones, un conjuro improvisado. Ya me imaginaba al servicio de atención al cliente de la hora de dormir ahorrándose diez minutos.

Mi hijo tenía miedo de un fantasma. Yo estaba a punto de darle a entender que necesitaba un equipo especial para dormir en su propia habitación.

El espray antimonstruos puede contar otra historia

Para mí, el espray era un juego para tranquilizarlo. Pero Gabriel no me había propuesto jugar. Estaba al borde de la cama, esperando que me ocupara de un peligro.

Si anunciaba que había espantado al fantasma, ¿qué entendería? Quizá que lo había conseguido. Quizá también que su habitación podía albergar visitantes que solo un frasco sabía hacer desaparecer.

Un ritual puede calmar en el momento. Si ya hemos usado un espray, podemos explicar con sencillez que era un juego, sin atribuirle poderes reales. No hace falta reprocharle al niño que se lo haya creído.

No necesitaba burlarme de su miedo ni darle una lección. Podía decirle que lo veía preocupado, quedarme cerca y hablar de lo que había realmente en la habitación.

Tranquilizar sin organizar una caza de fantasmas

Gabriel seguía señalando la cortina. Encendí la lámpara con él: su abrigo, colgado detrás, proyectaba una forma en la pared. Lo cambiamos de sitio. Mirar juntos lo que le preocupaba no nos obligaba a inspeccionar todos los armarios para certificar que un ser invisible había desaparecido.

Podía probar con estas palabras:

«Te has asustado al mirar ese rincón. Es la sombra de tu abrigo en la pared».

«Podemos dejar la lucecita encendida y me quedo contigo un rato».

El juego seguía teniendo su lugar. Inventar un personaje para sentirse más cómodo en la oscuridad, sabiendo que es un cuento, es distinto de presentar un producto como protección imprescindible frente a una amenaza real. Y podía respetar nuestras creencias familiares sin añadir un ritual destinado a espantar a ese fantasma.

Si este miedo vuelve a menudo, se hace muy intenso o altera sus noches, hablar con un profesional puede ayudar a entender qué ocurre. Una buena frase no tiene que resolverlo todo.

Gabriel pidió dejar la puerta entreabierta. Todavía miraba la cortina, pero volvió a meterse bajo la manta. Me senté junto a la cama. El pulverizador se quedó en el armario.

Para tenerlo a mano

La situación

Tu hijo teme una presencia imaginaria al acostarse y estás pensando en un ritual para espantarla.

Qué probar

Acoger su miedo, hablar de los elementos reales de la habitación y ofrecer compañía o luz, sin atribuir poderes protectores a un objeto.

  • «Puedes contarme qué te asusta. Te escucho».

Conviene recordar: Un juego puede seguir siendo un juego compartido. Un miedo persistente o muy intenso merece un apoyo adecuado.