Había puesto unos dibujos animados para Gabriel, mi hijo de casi cuatro años. Habíamos terminado de cenar y yo tenía por fin una taza caliente delante.

Podría haber dicho que el programa era interesante, que se hablaba bien o que él aprendía algo. Todo aquello habría servido sobre todo para vestir una razón mucho más sencilla.

Necesitaba diez minutos de tranquilidad.

No era una crisis que interrumpir ni un niño al que animar. Era yo quien ya no tenía ganas de responder enseguida.

La pausa del adulto merece ser nombrada

No quería convertir aquel momento en una demostración de los beneficios de las pantallas. Un programa no se volvía automáticamente necesario o educativo porque yo estuviera cansada.

Pero fingir que lo había elegido solo para Gabriel me evitaba mirar mi propia necesidad. Así seguía aparentando que podía estar disponible sin límite, mientras buscaba discretamente una forma de dejar de estarlo.

Elegí un episodio cuyo contenido y final conocía. Me quedé en la habitación. Bebí mi té sin intentar aprovechar cada minuto para ordenar algo.

Aquella pausa no resolvía nuestra organización. Tampoco decía que todos los usos de pantalla fueran iguales. Tenía un lugar concreto, aquella noche, en un día en el que necesitaba detenerme.

Preparar el final sin exigir una gratitud perfecta

Antes de empezar el episodio, había dicho que apagaríamos después. Desactivé la reproducción automática y dejé el mando cerca.

Gabriel pidió otro episodio cuando llegaron los créditos. Yo había tenido diez minutos tranquilos; eso no me compraba un niño que aceptara lo siguiente sin protestar.

«Te gustaría seguir. Habíamos previsto este episodio y ahora apagamos.»

Volví a su lado para la transición. Si no hubiera tenido ninguna disponibilidad para aquel final, habría tenido que tenerlo en cuenta antes de empezar, no confiar simplemente en que bastaría el botón de apagar.

Y si todas las noches dependieran de aquel único modo de resistir, también podía buscar qué faltaba alrededor: un relevo, una tarea menos o un momento menos cargado. Mi necesidad de descanso no podía depender solo de su capacidad para mantenerse ocupado.

Aquella noche había bebido mi taza caliente. Podía reconocer que esa era la razón de los dibujos, sin presentar aquel pequeño respiro como toda la respuesta a nuestro cansancio.

Para tenerlo a mano

La situación

¿Has puesto una pantalla para tener un momento de tranquilidad?

Qué probar

Bebí mi té sin intentar aprovechar cada minuto para ordenar algo.

  • «Terminamos esto y después hacemos otra cosa juntos.»

Conviene recordar: También importan el contexto y el contenido; una transición difícil no es un fracaso.