Iris, la hija de Nora, de tres años y medio, acababa de abrir una caja de construcción. Había levantado la tapa, sacado una pieza roja y mirado alrededor: ¿quedaban más paquetes?

Nora sintió una pequeña punzada. Había elegido aquel regalo con cuidado. Los abuelos y los amigos también habían buscado algo que le hiciera ilusión. Iris parecía tener prisa por pasar al siguiente.

Sin embargo, unos minutos antes, los propios adultos le habían dado otro regalo antes de que terminara de examinar el anterior. Había que abrir el de la abuela y después el que esperaba junto al sofá. La apertura tenía su propio programa.

¿Demasiados regalos o poco tiempo entre uno y otro?

Nora había interpretado la pregunta de Iris como falta de interés. Pero la fiesta le proponía, sobre todo, una sucesión de sorpresas. Quitar el papel, descubrir, enseñar, repetir. Jugar venía después, en un momento que nadie había previsto todavía.

Eso no significaba que todos los niños reaccionaran así ni que un número concreto de regalos resolviera el problema. Ese día, Nora simplemente veía a su hija mirar más la pila que lo que tenía entre las manos.

Estuvo a punto de recordarle cuántos regalos bonitos había recibido ya. Luego miró la pieza roja, abandonada sobre la alfombra. Iris ni siquiera había tenido tiempo de buscar dónde encajaba.

Nora dejó el siguiente paquete junto al sofá y se sentó al lado de la caja abierta.

Hacer una pausa sin dar una lección de gratitud

Propuso a Iris mirar las piezas antes de continuar. Su hija primero pidió otro regalo. Nora mantuvo la pausa sin exigirle que se declarara feliz con aquel.

«Quedan paquetes. Ahora vamos a tomarnos un tiempo para descubrir este.»

«¿Quieres abrir la caja conmigo o prefieres descansar antes de jugar?»

Iris encajó dos piezas y después pidió ayuda para añadir una tercera. Unos minutos más tarde había construido una casa sin puerta. Los regalos restantes no habían desaparecido; podían esperar.

Para otra fiesta, Nora podía hablar antes con la familia: agrupar algunas ideas, elegir juntos o espaciar la apertura. No tenía que confiscar regalos ya entregados ni convertir la fiesta en un ejercicio de austeridad.

Y si Iris quería abrirlo todo a pesar de la pausa, eso no la convertiría en una niña desagradecida. Nora podía agradecer los regalos a quienes estaban allí y retomar después el descubrimiento de los juguetes.

Cuando la abuela le ofreció el siguiente paquete, Iris le enseñó su casa. Ahora buscaba una pieza que pudiera servir de puerta.