Buscaba un juguete sin pantalla para Gabriel, mi hijo de casi cuatro años. Le encantan los cuentos durante los trayectos, pero no quería darle mi teléfono cada vez que se aburría.
Un pequeño reproductor de cuentos infantiles me pareció perfecto. Sin vídeos, con historias que podía elegir él mismo y botones fáciles de manejar. Casi me sentía orgullosa de mi descubrimiento.
Al llegar a casa aparecieron el cable de carga, los ajustes y los cuentos que había que descargar. Gabriel solo quería saber cuándo podría darle al botón de reproducción.
Había comprado un juguete sin pantalla. También había comprado otro aparato electrónico, con un cable más para ese cajón donde los cables parecen multiplicarse solos.
Sin pantalla no significa sin tecnología
Me di cuenta de que había mezclado dos deseos: evitar los vídeos y tener menos aparatos en casa. El reproductor podía cumplir el primero sin cumplir necesariamente el segundo.
No hay ninguna contradicción. Un aparato que funciona con batería y cuenta historias puede ser muy útil durante un viaje. Pero la etiqueta «sin pantalla» no garantiza que a Gabriel le encante, que sea fácil de usar o que sustituya nuestra compañía.
Cuando por fin lo probamos, Gabriel escuchó cinco minutos. Después puso otra vez el mismo cuento desde el principio porque quería volver a oír la voz de un personaje. Tuve que contenerme para no señalarle los otros diez cuentos disponibles.
Comprar pensando en el uso, no en la etiqueta
Si volviera a elegir, empezaría menos por las palabras de la caja y más por lo que a Gabriel ya le gusta hacer. ¿Escuchar las mismas historias una y otra vez? ¿Mirar libros? ¿Inventar aventuras con sus cochecitos?
También comprobaría cosas prácticas: ¿funciona sin conexión durante un trayecto?, ¿puede manejarlo solo?, ¿hay que pagar por más cuentos?, ¿cuánto dura la batería? Un aparato «educativo» que necesita veinte minutos de preparación antes de cada salida quizá pierda parte de su encanto.
Y recordaría que un libro, unas figuritas o un cuento inventado juntos pueden funcionar igual de bien. No es una competición entre los juguetes electrónicos y los de madera.
Al final, Gabriel pidió su reproductor para el siguiente trayecto. Le gustaba escuchar cuentos y elegir uno por su cuenta. El juguete había encontrado su lugar sin necesidad de ser la solución perfecta.
Yo quería menos pantallas. Ya era una buena razón. Por lo demás, simplemente gané otro cable de carga.
Para tenerlo a mano
La situación
Un juguete puede no tener pantalla y seguir siendo un aparato electrónico.
Qué probar
Observar qué juguetes utiliza realmente el niño y ajustar los disponibles sin buscar un orden perfecto.
- «¿Con cuáles jugamos ahora y cuáles guardamos?»
Conviene recordar: No existe una cantidad ideal de juguetes para todos los niños.




